Algunos recordareis dos (1, 2) de los pocos mensajes personales que he dejado en este blog. Los que no y seais habituales, quizá os pregunteis por qué he dejado de publicar periódicamente, y por qué apenas participo en La Ciencia y sus demonios. Bueno, creo que se pueden construir algunas hipótesis al respecto.
Ella se fue. Razones no le faltaban para hacerlo, aunque yo hubiese preferido que no lo hiciera, o al menos no a ese lugar. Siempre me dice que tengo prejuicios y puede que sea cierto. No me lo esperaba, de veras. Pensé que habíamos llegado a un principio de acuerdo, ella no se va si yo no quiero irme y viceversa, esas cosas. Pero no, estaba equivocado.
Por primera vez en dos semanas he reunido el ánimo para escribir sobre ello. Todavía me cuesta. Pasarán horas desde que comience este texto hasta que lo termine porque, aún escribiendo, no me salen las palabras. Ésta es una de las ocasiones que más dolido, triste y abandonado me encuentro aunque, advierto, esto no es óbice para que nadie intente evangelizarme, que a muchos os conozco. Escribo para desahogarme.
He sufrido debacles amorosas antes, quizá más de las que quisiera. No debo ser muy buen novio. El rollo sentimental no se me da nada bien, supongo. Pero ahora es diferente. Sí, suena a tópico, así que permitid que me explique.
Uno de los motivos por los que no creo ser buen novio es porque tiendo a ignorar los hechos en favor de otros asuntos más subjetivos. Recuerdo con 20 años que, durante unos días, estuve convencido de que me iba a quedar solo de por vida. Con 20 años. Pocas personas sufren una paranoia semejante a esa edad. También llegué a pensar que los contrarios se atraen. Menuda soplapollez.
Con 26 años había pasado sin pena ni gloria por donde otros ya habían consolidado sus respectivas relaciones. Me sorprendía al ver décimos aniversarios, ¡décimos! ¿Quién se empareja con 16 años? Por entonces no me sentía mal en absoluto, era sólo algo más. Entonces la conocí a ella y puso mi mundo patas arriba, como si fuese la primera vez. Sí, había hecho locuras por una chica, y sí, muchas fueron estúpidas. Pero desmontarme completamente y reconstruirme, añadiendo una nueva perspectiva del mundo… No, eso jamás había ocurrido antes.
A pesar de las discusiones, los problemas o las diferencias, me sentí cómodo por primera vez. No tenía que ocultarme. No era quien quería que fuese, era yo mismo, y no me preocupaba por si una palabra a destiempo o un comentario desafortunado me metía en líos. No era nada espectacular, no se trataba de una montaña rusa en la que subes muy alto durante poco tiempo para bajar de golpe y luego ir a trompicones hasta que te paras. Estaba bien, me gustaba, me sentía a gusto, me liberaba de la presión habitual.
Pero pasó, y yo me quedé solo. Solo, metafóricamente, porque siempre estoy rodeado de personas, pero solo, literalmente, porque tengo la horrible sensación de vivir en un mundo que no me pertenece, y cuya única vía era ella, cuya única persona, en el sentido más amplio de la palabra, era ella. Escrito así parece patético, y por desgracia a veces pienso que lo es. Salvando las distancias, me siento como Gödel al perder a su único compañero de caminata en Princeton.
Como dije en un principio, en pocas ocasiones me había sentido tan dolido, triste y abandonado. De hecho, sólo en una: la sucesión de hechos que siguieron a la muerte de mi abuelo, cuando pude constatar que ciertas personas se vuelven tan imprescindibles con el tiempo que, cuando faltan, todo parece venirse abajo. Ahora mi mente está fragmentándose, y todas las pequeñas metas que me había planteado, como volver a estudiar matemáticas o crear algunas aplicaciones novedosas, parecen lejanas…
¿Y ahora, qué?
Ahora no lo sé.
Estoy jodido y no quiero olvidarla. Quiero recuperarla. Sólo eso.








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